 | Guerra
las 24 horas
Más que un programa de televisión o un tema para una controvertida plática, la presencia de la guerra demuestra las fibras más íntimas de nuestro razonamiento humano.
Dentro de la historia, la guerra se ha presentado en momentos determinantes para la evolución del hombre: ella expresa la imposición o conservación, a través de actos violentos, de ideologías políticas, económicas, religiosas, culturales, entre dos o más poderes.
Aunque las voces de oposición han llegado a la manifestación física y escrita, no han sido consideradas. El poder, en su afán bélico de luchar contra el terrorismo y fantasmas ideológicos como la libertad y la seguridad, se empeña en demostrar la brutalidad y el rigor de su "heroica fuerza". El poder, como niño caprichudo, cierra el oído para no escuchar, para no ver el dolor que causa.
La guerra es un espectáculo idóneo para presumir al mundo los nuevos juguetes tecnológicos capaces de aniquilar la vida; de poner al servicio de la muerte y la destrucción los recursos materiales y las capacidades creativas del ser humano. |  | Y el mundo entero, como buen espectador se queda asombrado ante la increíble escena: abre la boca, se entristece, aplaude, intenta reflexionar, argumenta incoherencias... Al final, reconoce su incapacidad de participar y, entonces, decide refugiarse en la tranquilidad de la indiferencia.
Pero, los medios de comunicación, con más vocación de comerciantes que de comunicólogos, hacen gala de sus estrategias para elevar el número de televidentes: entrevistan madres de soldados presos, venden la transmisión de la guerra las 24 horas (sistema empleado para distraer el aburrido actuar humano en programas como "La academia", "Big Brother"), presentan imágenes atroces con una musiquilla melancólica de fondo, nos presentan los hechos lo más pronto posible...
Pero nadie se atreve a juzgar de manera seria los acontecimientos que vivimos. Nos falta coraje humano o conciencia para frenar esta enfermedad "venérea y genética", llamada guerra.
Se invierte mucho dinero, tiempo y trabajo humano para fabricar artefactos que ocasionen la muerte; también se gasta en las nobles intenciones de conservar la vida. Pero, desgraciadamente, son más eficientes las primeras. Cuando alguien muere, toda la tecnología y el conocimiento humano son inútiles para regalarle un instante de vida; por el contrario, cuando alguien vive ¡qué fácil es arrebatarle el aliento vital de su existencia!...
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