Del Arcón de

Te miro de la otra orilla: semejas un nacimiento y al verte más bien diría, que surgiste de aquel cuento del mago y sus maravillas; porque verte así de pronto cuando asomas a la vista, cuando la brisa del ponto mueve tus aguas tranquilas, mi lira al tiempo remonto y mi pluma escondida entre mis dedos oprimo, y cobran de nuevo vida mis rimas, y a ti escribo.

Aquel sabio arquitecto que dibujó tus contornos, y que sus trazos perfectos son hoy tu orgullo y adorno, y ese pintor que buscara tan magníficos colores para plasmar en tu cara la belleza de las flores, dos artistas que natura envió para hacerte hermoso, pueblo de buena ventura, pueblo gentil generoso, que ayer vestía de blanco tus orillas, tus barrancos.

Quién olvida aquellos días cuando tu raza de bronce le robara a tus orillas un pedazo de sus montes, y aquellos pesados marros estrellándose en la roca convirtiéndola en guijarros, pasado que el río evoca, esos hornos de cal viva transportados en canoas,

a veces a la deriva repletas de popa a proa o impulsadas por el viento, hoy son recuerdo y lamento.

Oigo voces que muy pronto construirán en tus riberas hoteles de grandes montos y una avenida costera, será un balneario extranjero como Cancún o Acapulco, donde el gastado dinero que es del águila el sepulcro no compre siquiera un bledo; que también será prohibido hablar en la lengua maya como aquel pueblo extinguido que deambulaba en tus playas y que duerme en el olvido.

Será una ciudad moderna frente a ti, en la otra orilla, pero contigo no alterna ninguna urbe maravilla, porque aquellos arquitectos al igual que los pintores te formaron tan perfecto, cual perfecta son las flores, te dieron de espejo un río donde se baña la luna a orilla del caserío, y tienes como fortuna la blancura de tus dunas en esos meses de estío.

Cuando la brisa marina y el terral de la mañana

de aromas tu estuario minan aires de mar y montaña, ¡Oh! Sabancuy, si yo fuera un poeta cual Darío un madrigal yo tejiera de tus esbeltas palmeras, de tu manso y quieto río y su fauna que atesora, de tu mar que cuando llora en las noches estivales, lágrimas riega a raudales.

Lágrimas hechas espumas que esparce la resaca en tu blanca y grande duna, ¡Oh! Sabancuy, si pudiera escribir como el gran Nervo, de hermoso y divino verbo, plasmaría en mi poesía la leyenda de tu templo, cruseque y su romería, y aquellos mayos floridos que se han perdido en el tiempo y se echaron al olvido... ¡Salve a ti, tierra fecunda donde la belleza abunda!

Te he mirado tantas veces, -siempre me emociona verte- me emociona y me enternece porque he tenido la suerte, pueblo de tantas virtudes, de que mi bella Isla Aguada está en tus mismas latitudes, comparte tu mismo sino, y allá donde está enclavada entre el mar y la laguna, asoma tu manso río

después de bañar la planta de ese tichel de leyenda y su antiguo casería.

Cuando aún te adornaban esas viudas de tus aguas que felices retozaban como niños en sus aulas, cuando no eras unido por ese brazo macizo que hoy te une a la otra orilla, cuando aquel hombre elegido -me refiero a quien lo hizo- arribó en una barquilla desde El Carmen decidido, al pisar tu fértil suelo dijo así: ¡Qué lindo pueblo por el Creador construido!

"Sabana en cuyo", me dicen, que quiere decir tu nombre, lo he sabido por los hombres que este tu suelo bendicen, no lo sé, lo que aseguro y repito a voz de cuello: Que no hay pueblo que iguale esos paisajes de ensueño, esa gentileza innata y ese generoso empeño de ser siempre hospitalaria, tierra que pisa mi planta mis cantares te exaltan, Sabancuy, mi lira canta.



Roberto Bolívar Zetina.